Según Ian Morris la guerra nos ha hecho pacíficos!!!!

Publicado: marzo 14, 2012 en Sin categoría
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Ian Morris enseña historia en Stanford y colabora en The Evolution Institute, donde tiene publicado un artículo [PDF] especialmente interesante sobre la evolución (en términos históricos más que biológicos) de la guerra.

Que la guerra puede habernos vuelto más pacíficos y más prósperos puede parecer escandaloso, pero hay buenas razones para pensar que así es. Según Morris, la lógica detrás del declive de la violencia, visible en particular en los últimos 65 años, descansaría en la “guerra productiva” que durante los últimos milenios ha terminado permitiendo la creación de estados más centralizados, mejor organizados, más pacíficos y más prósperos. Actualmente, la mayor parte de la violencia política se da en estados fracasados, lo que también ha provocado un aumento de la literatura científica sobre este tema.

Morris pretende solucionar el “dilema del pacifista” planteado por Steven Pinker: ¿qué condiciones permiten que sea preferible la paz al uso de la violencia, tan corriente en toda la historia y la prehistoria humana?Irónicamente, pese a que las guerras han aumentado su poderío sangriento desde la prehistoria, “las sociedades se han hecho más grandes y se han pacificado internamente, la población y la riqueza han explotado, y la proporción de la humanidad que muere violentamente se ha desplomado”. Como resultado “la guerra ha hecho a la humanidad más segura y rica”.

De acuerdo con Morris, la “guerra productiva” no es tanto un producto de la cultura cuanto que de la geografía. El cambio histórico tuvo lugar en unas coordenadas concretas del planeta a las que se puede describir como “latitudes afortunadas”, allí donde la agricultura, la domesticación de animales y la formación de unidades políticas progresivamente grandes y complejas ha sido materialmente posible:

Las “latitudes afortunadas”, según Morris

Estas latitudes afortunadas, que no se agotan en su versión griega y romana, vieron el origen de las primeras fortificaciones, las primeras armas de piedra, las primeras armaduras y, ante todo, de un nuevo “control y mando” que permitía la organización de grandes formaciones agresivas de hombres. La estela sumeria de los buitres, datada alrededor del 2450 a.C. aparentemente ya testimonia los orígenes de esta nueva racionalidad militar.

Wikipedia: “La primera formación de falange de la que se tiene
constancia.”

Aunque no hay forma de recabar datos cuantitativos seguros, literatura cualitativa y fuentes artísticas apoyan que la violencia de los imperios antiguos era inferior a la de las bandas prehistóricas. Los antropólogos estiman que entre el 10 y el 20% de los habitantes de la edad de piedra pudieron morir violentamente, en comparación al 1 o 2% del siglo XX. La tasa de mortandad por causas violentas en los imperios se asemejaría más a las figuras modernas.

A la paz de los imperios romano o chino le seguiría, sin embargo, un prolongado periodo de “guerra contraproducente” más o menos hasta el siglo XV de nuestra era. Se trata de un periodo dominado por convulsiones políticas y guerras cruentas que acaban con los grandes imperios de Roma y China sin que ningún poder hegemónico consiga tomar el mando en las “latitudes afortunadas”. Merece la pena recordar, por cierto, que el colapso romano coincide con la publicación del tratado político más influyente del cristianismo: la ciudad de Dios de Agustín.

A partir del siglo XV renacería la guerra productiva occidental, impulsada en principio por dos grandes invenciones: las armas de fuego y los barcos que permiten navegar los océanos. Morris sugiere bautizar este periodo como la “guerra de los quinientos años”, en los que Europa casi conquista el mundo. Un periodo de guerras no poco cruentas, y de grandes injusticias, pero que termina impulsando la prosperidad y permitiendo que -incluso fuera de Europa- la tasa de muertes violentas se sitúe por debajo del 5%. Ninguna nación logra la hegemonía absoluta, pero aparece un “imperio liberal” vinculado con el comercio mundial: “El libre comercio sólo podría florecer cuándo tenía un policía global con el poder para vigilar los océanos del mundo, y el único mecanismo para decidir quién iba a ser este policía global fue la guerra productiva.”

En el siglo XX, tras el fracaso de las tentativas imperiales de Alemania o Japón, la guerra tecnológica alcanza su mayor potencial destructor, pero es justamente la posibilidad de una “destrucción mutua asegurada” la que termina por disuadir a las nuevas hiperpotencias nucleares. Irónicamente, EE.UU. no gana la guerra fría con nuevas armas mortíferas, sino con lavadoras y videojuegos; de forma literal, “una guerra de producción, librada a través de los standard de vida”, que termina con el colapso soviético de 1989.

Dado que no conocemos realmente el “fin de la historia” ni el telos de la evolución humana Morris es escéptico con la llegada de una “paz perpetua” en donde desparezcan todos los incentivos para la guerra. De hecho, hay similitudes históricas perturbadoras, particularmente la intranquilidad en torno a la decadencia de la Pax Americana, en cierto modo similar a las dudas que despertó en el siglo XIX la Pax Brittanica y que fue la antesala de un mundo peligroso y multipolar.

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